miércoles, 21 de marzo de 2012

LA CARTA DE SAN JUAN

Eran las seis de la mañana del 24 de Junio del año X...
La mañana en verdad se presentaba espléndida, magnífica, precursora de un día propio de San Juan.
La antigua Gazteiz era saludada, al igual que lo había sido en los siete precedentes días, por chistularis y atabaleros, cajas y clarines, que precedidos de maceros y heraldos, caballeros éstos en briosos corceles, engalanados con morados terciopelos, en los que ostentábanse áureos escudos con emblemas de la Justicia, recorrían calles y plazas anunciando al vecindario la llegada del día solemne y memorable, por que en él había de estamparse un nuevo sello en las Reales Cédulas de sus privilegios.
Diecinueve años después de publicado por el rey don Sancho el decreto de población de NUEVA VICTORIA, era ésta desmembrada de la Corona de Navarra por voluntad expresa del citado Monarca, que sabedor, en Africa, del asombroso heroísmo de sus fieles vasallos, defensores indomables de la ciudad en un cerco de más de siete meses, aguantando en él toda serie de penalidades y sinsabores: no consintió que perecieran servidores tan leales y ordenó á don García, obispo de Pamplona, quien en compañia de uno de los nobles cercados, fueron á pedirle consejo, se hiciera al momento entrega de la ciudad al cercador.
El Castellano Monarca, queriendo también por su parte rendir homenaje de admiración á tanto heroísmo y valentía, concedió a los vitorianos todos los honores y muchos privilegios, y para perpetuarlos, añadió "que habían de durar mientras el rio Zadorra corriese hacia su centro".
Y desde entonces databa la fiesta ó ceremonia que dentro de breves momentos tendría lugar; para la cual pajes y escuderos aprestábanse á cumplimentar las órdenes recibidas de sus señores; y al efecto, daban en la limpieza la mano última á los inquietos alazanes, alisándoles el cuero afanosamente con instrumentos de aseo, hasta dejarlo como un espejo de lustroso.
Junto a otras portaladas señoriales apostábanse severos carruajes, dipuestos á ser ocupados por elegantes y aristócratas damas.
En todas partes de la ciudad se ultimaban los preparativos para la tradicional fiesta.
Minutos después de las siete, arrancaba la comitiva ya organizada frente á la Casa Consistorial.
Allí iban en primera fila los chistularis y atabaleros de la ciudad, heraldos, maceros, clarineros; y junto a alguaciles y miñones, entre el alcalde y regidores se veía á la primera autoridad de la provincia, el Justicia mayor que con su presencia quería dar mayor realce á la fiesta; seguíanle: el Sindico, portador del pendón de la ciudad, montero, ministros, secretario municipal, nobles y fijosdalgos; alguaciles, escuderos y miñones, dando escolta.
La vistosa cabalgata, entre el ensordedor estampido de los cohetes dirígese hacia San Martín de Avendaño, al pasar por cuya Iglesia, el Síndico inclina con reverencia el pendón de la ciudad.
Y tomando el camino de la Cruz Blanca, no tarda en llegar al campo de Arriaga, en donde es recibida con salvas y vítores, por inmenso público.
Sin detenerse, sigue hacia el pueblo de Arriaga, y atravesándolo, llega al margen del río Zadorra, en donde después de tomadas posiciones, hace alto.
La primera autoridad municipal, destácase del puesto que ocupara, y dirigiéndose a todos, pronuncia breve y patriótica arenga y explica la significación del acto que inmediatamente va á tener lugar.
Seguidamente, previa la correspondiente señal preséntanse las armas, revientan á millares los chupinazos, suenan con estrépito clarines y cajas, preludía el chistu los primeros compases de un himno, y mientrás tanto el Síndico, va poco á poco adelantándose hacia el rio, y en llegando á su margen, arroja al agua un papel con ademán solemne.
Las aguas siguen su normal curso. El Zadorra corre hacia su centro. La carta arrastrada por la corriente así lo pregona. El secretario levanta acta de la comprobación llevada á efecto.
Hecho el silencio, la comitiva reanuda su itinerario, hasta llegar al Templo juradero, siempre rodeada de abigarrada y entusiástica muchedumbre que la aclama sin cesar.
Alegre repica la esquila de la espadaña del citado Templo, desde que a lo lejos vislumbrose la nube de polvo que levantan los cascos de los caballos.
Un prebendado de la Colegiata de Vitoria revestido de altas vestíduras, sale á las autoridades, que ya se apean, y devuelven el saludo.
Y colocadas éstas, tras breves momentos, en sus sitiales, inmediatamente da comienzo la misa.
Durante la misa, el anciano sacerdote, vuelto hacia auditorio tan respetable, dirígele breve exhortación con palabra vibrante y acento sincero y tierno; y termina recomendando á los que nos rigen y gobiernan, para que en todo momento acudan, y acudamos todos, dice, al Dios Justiciero y recto, en demanda del acierto necesario para saber siempre aplicar en la tierra, con equidad, la justicia dimanada del Cielo, la justicia que pregonan nuestros blasones provinciales.
Terminada la misa, empréndese el regreso a la ciudad.
Ya en ella la nobleza se dirige á la Plaza de la Leña en donde ha de presenciar el Torneo que la autoridad militar dispuso se celebre en aumento de la solemnidad de día tan sealado.
Allí miden sus lanzas dos nobles capitanes, jóvenes en edad, tanto como bien adiestrados en el manejo de las armas y ganosos de honra y galardones.
Después de las doce, en el domicilio del Justicia mayor, tiene lugar un gran banquete, según antigua costumbre.
Por la tarde, celébrase una novillada en la Plaza Nueva, preparada al efecto.
Aún conservan los balcones la numeración de los palcos.
Después, en el campo de Arriaga organízase animada remería, de la que no se regresa hasta ver consumidas las últimas ascuas de las marchas ó grandes hogueras, que al igual que en la noche precedente, se encienden con profusión.
Y de las alturas, iluminadas todas por hogueras idénticas, parten orrintzis y ujujús, que cual eco no interrumpido, van recorriendo la llanada.
Publicado por "Novedades"; edición ordinaria de "El Nervión"; "La Libertad" y "La Gaceta de Alava"
Izar (1912)

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